Hay riesgos de los que nadie te advierte antes de viajar al Valle de Uco.
Lo digo en serio. Corres el riesgo de enamorarte de las personas antes que de sus vinos. Eso fue exactamente lo que me ocurrió.
El viaje al “Territorio Michelini” en el Valle de Uco comenzó con situaciones que vislumbraban que esta visita tendría algo especial: encontrarme con Juampi Michelini en la sala de embarque antes de abordar y tener una simpática conversación y que con Alejandra, la persona responsable de la movilidad, pasemos buena parte del tramo hacia el Valle hablando de todo menos de vino.
Listos en el hotel, nos recoge Ramiro Decon. Durante el camino nos habla de SuperUco con el entusiasmo de quien no solo trabaja allí, sino que cree profundamente en su propósito. Camino a la entrada, vislumbro a lo lejos al hermoso caballo que tienen.
Hace su aparición Agustín Michelini, enólogo principal. Nada de parafernalia vacía. Nada de lujos. Nada de poses de divo. Respondía cada pregunta sin apuro, como si el tiempo dejara de importar.
Pasan los minutos, las risas, las preguntas y las copas de vinos que aún pocos conocen. Hace su aparición Lourdes Morales para presentar cada plato con el mismo cuidado con el que otros presentan un gran vino.
Al día siguiente, visitamos “La Estocada”. Nos recibe Daniela Ovejero Michelini. Una charla que no paraba. En cuestión de minutos pasamos de hablar de calicatas al nacimiento del nuevo cordero.
Entre preguntas y respuestas, nos enteramos que el restaurante “Cal”, que dirige junto a su esposo Enzo, acababa de ganar una estrella Michelin. Estos chicos llevan el triunfo en el alma, no en el aire.
Nos dirigimos hacia “Altar Uco”. Nos acompaña un frío que cala los huesos, el cual se disipa de inmediato cuando te recibe Mauricio Calderón con sus anécdotas, ocurrencias y sentido del humor. Los ojos se le iluminan y su rostro expresa una sincera emoción cuando habla del amor que siente por lo que hace. Lo que algunos llamarían trabajo, él parece llamarlo vida.
Te hace sentir lo extraordinario de lo ordinario.
Regresamos al hotel. Cuando pensamos que nada podría superar lo vivido. Agustín nos recoge para ir a la casa de Ramiro, quien ha organizado un asado típico mendocino en su casa.
Felícita, la novia de Ramiro, nos recibe cual si fuéramos amigos de antaño. La verdadera hospitalidad no consiste en hacer sentir importante al visitante. Consiste en hacer que deje de sentirse visitante.
Carnes, Pisco peruano, piqueos y varios vinos para jugar cata a ciegas. De repente, hace su aparición Luciana, la hermana de Ramiro. Bastaron unos minutos de conversación para descubrir un conocimiento del vino tan profundo como discreto. Nunca intentó impresionar a nadie. Simplemente hablaba con una naturalidad que hacía parecer sencillo lo complejo.
Entonces, entendí que aquello no era solo un conjunto de buenos anfitriones. Era una cultura.
A la mañana siguiente, la imponente cordillera de los Andes apareció completamente despejada. En ese silencio confirmé que aquel viaje iba a quedarse conmigo. Después de conocer personas así, cuesta volver a conformarse con visitas donde solo te muestran una sala de barricas y copas.
Llegué a Lima pensando que volvería hablando de suelos calcáreos, técnicas enológicas y fermentaciones. Me equivoqué.
Copa en mano y listo para escribir este artículo, pienso que la calidad humana también forma parte del terroir. He aprendido que los grandes vinos nacen de grandes personas, incluso de aquellas cuyos nombres nunca aparecen en la etiqueta.
Creía que sólo importaba a mi país los vinos de SuperUco. Ahora sé que lo que realmente intento traer al Perú son personas, una manera de entender el trabajo y una cultura. Quizá por eso hoy entiendo con mayor claridad el propósito de Cepas Nobles: representar proyectos humanos antes que grandes marcas.
PD. Agradecimiento infinito para Cristina. Mi socia, mi compañera y cómplice, responsable de que todo esto esté sucediendo.
Entre Copas y Letras
Escrito por Sandro Velarde, Fundador de Cepas Nobles.
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