Si el vino intimida, no es culpa del vino

Si el vino intimida, no es culpa del vino |  Cepas Nobles

¿Y si el mayor enemigo del vino somos nosotros mismos?

De un tiempo a esta parte venimos leyendo en muchos medios especializados que el consumo de vino se ha reducido a nivel mundial. Que las nuevas generaciones prefieren otro tipo de bebidas. Que las personas en general están valorando la calidad sobre la cantidad. Que esto o lo otro; y así, podríamos enumerar un sin fin de justificaciones. Muchas de ellas de hecho son ciertas pero…

Y qué pasaría si no buscamos la respuesta desde fuera sino que planteamos el problema desde dentro de la industria, en especial desde lo nuestro, la sumillería? Me explico con dos ejemplos que a muchos les parecerán familiares:

“Una persona va a un restaurante y prefiere no beber vino porque no entiende lo que el sommelier le explica y, piensa que va a "hacer el ridículo" al momento de escogerlo y prefiere pedir otro acompañante porque piensa que será una situación incómoda para su experiencia”.

“Una pareja entra a un restaurante, piensan pedir vino, llega la carta. Luego, aparece el sommelier y su grandilocuencia, se miran unos segundos. Finalmente, piden cerveza”.

¿Acaso no nos enseñaron en la Escuela que el vino debería generar curiosidad, placer e incentivar la conversación, no ansiedad ni mucho menos temor? Nadie debería sentir que debe estudiar antes de pedir una copa de vino o que no sabe lo suficiente para atreverse a hacerlo. Hasta este punto hemos llegado.

Si esto ocurre con frecuencia, probablemente sea el momento de ser lo suficientemente humildes para reflexionar sobre qué estamos haciendo mal.

Y probablemente ahí está el problema. Cuando el ritual del descorche importa más que la conversación, cuando el lenguaje críptico busca impresionar más de lo que explica, cuando la recomendación se convierte en una demostración de conocimiento o cuando el show en redes sociales prioriza la viralidad sobre el aprendizaje.

En ocasiones, pareciera que nos preocupa más el cómo nos ven hablando del vino que en reflexionar en cómo se siente quien está intentando descubrirlo.

El conocimiento sólo tiene valor cuando logra ser comprendido. Si una explicación necesita otra explicación para entenderse, probablemente no estamos enseñando, estamos demostrando cuánto sabemos. 

Dicho esto, surge una pregunta inevitable, ¿cuál es realmente la misión de un sommelier? Está claro que no es solo la de abrir botellas o recitar fichas técnicas de memoria. 

Acaso no debería ser la de reducir la distancia que separa al vino de las personas que no son profesionales del rubro: personas comunes y corrientes. Nuestros clientes? 

Otro podrán decir que es lograr que ese cliente pierda el miedo a volver a pedir vino sin tener que sentir que debe convertirse en un experto del tema para hacerlo.

Sea cuál fuere la respuesta correcta, está claro que su conocimiento no debería levantar barreras sino tender puentes.

Quizá, un buen sommelier no debería medirse por la cantidad de diplomas que acumula, las certificaciones que obtiene o la cantidad de "me gusta" en sus redes sociales. Quizá, debería serlo por algo mucho más simple: cuántas personas perdieron el miedo a pedir vino después de hablar con él o ella.

El día que una persona pida una copa de vino con la misma tranquilidad con la que pide una taza de café, ese día podremos decir que como sumilleres cumplimos nuestra misión.


Entre Copas y Letras

Escrito por Sandro Velarde, Fundador de Cepas Nobles.
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